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domingo 30 de marzo de 2008

Luisa la Maravilla de la Gerontología


Billeteras de la Lotería Nacional
de Beneficencia de Panamá

Por primera vez los tres de mi pequeña familia nos deleitábamos de estar entre ese clan con la matrona Luisa. Ellos, para este que les escribe, eran esa herencia de nuestra Etnia Negra Panameña. Era aquello ante mis llorosos ojos alegres quien nos daba esa tan acogida bienvenida, cual había yo soñado toda la vida mientras estuve en el extranjero. Fue en estos instantes que debí confesar que nuestra bienvenida no había sido de hijo prodigio. A pesar de anfitriona, así de triste había sido nuestra bienvenida a suelo patrio, después de lo que fue más de un año de estar como gitanos, moviéndonos de un alquiler al otro en diferentes áreas de la Ciudad de Panamá.

Estuvimos en este área en nuestra quinta mudanza y había sido aquello de haber encontrado mis compatriotas no ser muy serviciales, ni ser personas que habían sabido mostrar bienvenida a gentes que ellos consideraban inmigrantes todavía, en especial aquellos Westindian que intentaran volver a la Madre Patria. Habíamos ya adquirido algo de rechazos y en lo general esos "tropezones" que son esos estorbos y tropiezos mentales que la juventud estadounidense llama "head tripping." Aquello era en especial entre los varones de mi generación con quienes me había estado poco a poco encontrando.

Había en ese día entre los varones del Clan encontrado lo mismo, que sabía que eran indicios de que realmente no me estuve acoplando a la cultura panameña del amante de la bebida alcohólica. Las veces que mis viejos conocidos de la secundaria me habían invitado a un bar a pasarme la tarde con ellos me había ido muy incomodo. Encontraba a los viejos distanciados por esa razón de que yo no había ingerido ni una cerveza u otra bebida alcohólica. En cambio allá junto a la amiga, Doña Luisa, me encontraba con la proverbial matrona, ese espíritu de la madre Africa en verdad, que parecía de una vez entender nuestro espíritu herido.

Su espíritu de madre mandaba esos bálsamos espirituales curativos hacia nosotros y en esas horas estuvo sanando las heridas de quienes ella consideraba sus gentes. Aquello estuvo ocurriendo ante mis ojos como si fuese un sueño que estuve teniendo de mis gentes Westindian en ese Panamá sufrido en pleno atardecer de esa centuria numero 20.

Entre tanto la Reina Luisa, poseída, de esa real gracia, como si fuese carga divina, había permanecido a mi lado conversando conmigo intensamente sobre aquello de cómo ella aun estaba empleada con la Lotería Nacional de Beneficencia. En cambio yo tan solo pude estar considerando que ella era aquella "nonagenaria" billetera. Era a esa edad una de las miles vendedoras billeteras que se habían acogido a esa profesión.

Esa Luisa era la maravilla de mi idealizada tesis gerontología, por razones de que ella a esa edad de 94 años estuvo por sentarse por horas como las miles de vendedoras de los billetes oficiales de esa generacional Lotería de Panamá.

Esta historia continua.
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sábado 22 de marzo de 2008

Bacalaito con Té de Hinojo de Anís

Caisimón o Hinojo de Anís (piper auritum)

Bacalaítos fritos o Codfish Bakes

Eran momentos de mi vida en que no dejaba de impresionarme del hecho de que estuve en la compañía de una mujer anciana y, sin embargo, era una de las mujeres más hermosas de su generación. Luisa había retenido ese encanto de mujer joven y, cuando pude, sin delatar mi admiración, me dedicaba a estarla observando. Me decía yo mismo, entre sorbos del vital aire que nos mantiene con vida en esta tierra, "O, mírala, como ha retenido esa mirada y la virtud de mujer jovencita." Eran las cosas que se me ocurrían cuando notaba que nuevamente nos interrumpían para entregarnos, una vez más, algún platillo o aperitif.

El decorado platillo parecía ser compuesto de
bolitas de frituras que mantenían su calor de recién fritas. Las jóvenes mujeres llegaban hacia nosotros casi con reverencial respeto y aquello me hizo, nuevamente, pensar que nuestra anfitriona definitivamente no era la “típica abuela nonagenaria.” Cuando, finalmente, pude probar de las exquisitas frituras mis exclamaciones revelaron que aquello que saboreaba en la boca no lo había probado desde que era niño. No pude reservar la inevitable exclamación, "O, Dios mío, esto está riquizimo!"

Saboreaba cada pedazo de los "
Codfish Bakes,” o el riquizimo “Bacalaito Frito” que inmediatamente fue acompañado de una taza del magnífico "Té de Monte" con leche. Tomaba todo el tiempo necesario para degustar ese magnífico platillo hasta poder identificar la sabrosa hoja del "Caisimón," que los panameños llaman "Hinojo de Anís," y que tiene nombre en la botánica de piper auritum.

Tomábamos sorbos del dulce brebaje azucarado con leche con ese sutil sabor a anís que calmaba y que, a la vez, era una tibia bebida placentera que deleitaba las emociones. El
Caisimón es una de las hojas predilectas de algunas tropas de monos selváticos que la emplean untándosela por todo el cuerpo para protegerse de los insectos como los molestosos mosquitos. Siendo los únicos adultos sentados en la sala disfrutando de la merienda, vimos que, repentinamente, los jóvenes y los niños entraban a la sala atraídos por el sabroso almuerzo.

La muchachada que había estado por mucho tiempo afuera avanzó como hordas de una tribu de Hunos listos para devorarse todo lo que veía a mano. Alguien entre los jóvenes puso música de gusto para los adolescentes, luego aparecieron unas jóvenes y sus madres y tías para arrearlos afuera nuevamente para el alivio de los ancianos que solo comenzaban a disfrutar de su conversación.

Esta historia continuará.
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sábado 15 de marzo de 2008

Herencia de la Etnia Negra Panameña



Imagenes: Arriba: La fragante maracuyá- favorita de los niños
Medio: El oloroso culantro
Abajo: Ají panameño


El alborozo contagiante de los niños afuera de la casa alertaba de que pronto sería la hora de comer. Además, recordaba como la cocina Westindian anunciaba, desde mi mocedad, con su especial bálsamo que este foráneo estaba entre la etnia Negra Panameña. Todo el hogar sino el vecindario muy pronto empezaba a llenarse de esa fragancia de la cocina Westindian con sus hierbas aromáticas y la aroma a especias salían flotando por el aire llenando la sala de ese gustoso olor que provenía de la cocina. Pude, apenas, aquietar mis ansias de levantarme e irme directamente a esa cocina a adular y animar a las cocineras.


En mi alegre estupor culinario pude identificar el curry, el culantro muy panameño, el achiote, mezclado con la cebollina, cebolla y los ajíes que piropeaban my hambriento paladar. Las sabrosas fragancias dominaban mientras estuvieron llevadas amigablemente por el aire caliente del atardecer tropical. Comenzó nuestra alegre celebración casi inmediatamente con un aperitivo que llegaba a la mesa en mi presencia. Una a una las jovencitas, quienes eran nietas de Doña Luisa, entraban como meseras adiestradas cargando porciones pequeñas del plato favorito de todo ciudadano del trópico, que son esos ricos patacones o sea plátanos verdes aplastados en frituras ricas. Los trajeron en un gran platón en crujientes montones, todo acompañado de vasos de la rica, sabrosa y clásica limonada ya servida en vasos.

Luego de haber servido a los adultos y los niños que habían permanecido afuera de la casa, sirvieron un espectacular despliegue de coloridos arreglos de frutas tropicales. Para este que estuvo placenteramente gozando de todo que habían confeccionado las hábiles cocineras no era solamente agradable a la vista sino que me invitaba a gratos recuerdos de mi infancia y de lo bello y naturalmente artístico que podían ser los despliegues de las frutas tropicales.

Tanto la piña, cuya cabezota de verdor oscuro que parecía ser coronas, como la maracuyá, el guineo y la papaya, decoraban el centro de esa gran mesa. Mientras estuvimos entretenidos conversando y los jóvenes y niños jugaban, las industriosas damiselas se esmeraban en cortar, rebanar y decorar con suma paciencia toda esa fruta que arreglaban diestramente ante nuestra vista. Inmediatamente me encontré atraído por los arreglos finales y las combinaciones de colores.

Los incomparables amarillos y maduros bananas alegraban a la perfección la cama de hielo picado en que ponían los embellecidos pedazos de papaya. El rosado albaricoque de la papaya arrimado al amarillo de la sabrosas tajadas de piña y el rojo y negro de las pepitas de sandia acababan de agradar la vista. De hecho, las niñas no acababan de arreglar una gran porción de esas vistosas frutas cuando los comensales ya habían terminado de comer en otra parte de los arreglos, sobre todo, el plato lleno de maracuyá, el favorito de los niños.

También veíamos entrar a las damiselas con naranjas peladas y desprendidas en pedazos individuales, así como otras tajadas de melones que hacían que sus destellos verdes y rojos contrastaran con ese negro de sus pepitas, todo para darnos a nosotros, los repatriados, una refrescante bienvenida.

Esta historia continuará.
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miércoles 5 de marzo de 2008

De Compras Para un Festín Westindian



Imagenes: Mercado de abastos de viandas
Medio: Otoe o Yautía
Abajo: Yampi o Ñampi y Un gran ejemplar de Ñame (Yam)


Rápidamente nos dirigimos en el tráfico de mediodía de la ciudad de Panamá y por lo que parecía ser una hora paramos en diferentes lugares mientras yo permanecía poco envuelto y las mujeres se reavivaban en las compras. Recuerdo que la primera parada fue en un icono del área que era una feria de mercado al aire libre que ofrecía todas clases de frutas y legumbres como los tomates las cebollas y los verdes pepinos y la lechuga que gustan tanto en las mesas panameñas.

Luego nos encontramos en una de las muy recientes instalaciones de supermercados al estilo de estados unidos con nombres algo extraños para nosotros los foráneos de estados unidos, con nombres como Baturro, Gago en que compramos los ingredientes para las comidas que iban a hacer de la tarde una vieja fiesta de celebración Westindian. Como adiestrado marido había este servidor encontrado paciencia mientras las damas encontraban los insumos para aquella celebración de una vida que envejecía agraciadamente.

Luego nos encontramos en el área de lo que yo recordaba como el Mercado Grande y, a poco distancia, el Mercadito Municipal de Guachípali en el área conocido como Calidonia. En esos mercados que estaban divididos en secciones de líneas de puestos por sus especialidades de productos y servicios se desenvolvieron las mujeres. Se podía comprar toda clase de viandas y frutas tropicales, algunas que solo se podían encontrar durante su temporada del año. Compramos el Badú, que en otros países del trópico se les llama el Otoe. Además de los Ñames, la Cassava o lo que también llamamos la Yuca en Panamá y otras partes de la región centro y suramericana,

Ya que estábamos por dar de comer a un ejercito que componía ese Clan, daba gusto ver nuevamente los plátanos, verdes y amarillos que en realidad eran de un color casi anaranjado con manchas negras en su etapa madura. Ni hablar de los racimos de guineos verdes y maduros y otras frutas que, seguramente, les gustarían a los niños tanto como los encontraba yo en mi niñez. De pronto parecía yo como un alquilón de muelle cargando los sacos de henequén llenos de frutas como la ciruela silvestre, los verdes racimos de mamones, los sabrosos mangos y toda las viandas que harían de nuestra fiesta un buen festín de la gastronomía West Indian.

Al llegar a la casa de nuestra anfitriona ya no tuve que cargar mas puesto que los jóvenes varones del Clan llegaron y se encargaron de todo la carga. Nos disculpamos momentáneamente para ir a ver por nuestra hija que cursaba sus años de preadolecsencia en esos entonces. También era extraña a todo eso de estar inmigrando de pronto a un país que sus padres les aseguraban que era suyo también, aunque ella no entendía de esas cosas. Con el cambio tan abrupto de estados unidos a acá procurábamos hacer un ritual de estar animándola que todo iba a resultar muy bien para ella y que pronto podría tener hasta mas amistades que antes.

“Acompáñanos, hija, que tenemos unas personas que queremos presentante,” le dijimos a nuestra hija al llegar a casa y ella, sin protestar, se recogió, siguiéndonos para el corto viaje a casa de nuestras nuevas amistades en el mismo vecindario. En pocos momentos entrábamos por el sendero hacia esa casa escondida rodeada por enormes árboles de Mango. Sin que los perros se alarmaran entramos como si fuésemos del clan e inmediatamente Doña Luisa recibió a nuestra niña con un caluroso abrazo presentándola a los demás chicos de su edad.

Entre tanto las otras mujeres presente se unieron a mi esposa para entrar al enclave en que estuvieron preparando las exquisiteces del día. Muy contentas todas las mujeres se entretuvieron con la preparación de las frutas y viandas mientras yo me serenaba encontrándome atraído por los niños y jóvenes quienes encontraban en las afueras de la casa algún juego que los ocupara. Así esperaba yo un poco cansado que pudiésemos reanudar nuestra visita con nuestra nueva familia en ese Distrito de Pueblo Nuevo de un nuevo Panama.

Esta historia continuará.
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